Cómo el arzobispo Sheen encarnó las siete virtudes
(OSV News) -- Con su beatificación nuevamente en marcha, el arzobispo Fulton J. Sheen será recordado en la Iglesia por razones que van mucho más allá de sus contribuciones a la vida intelectual de la Iglesia o de su celo evangelizador, por más increíbles y legendarios que sean. Mientras la Iglesia se prepara para reconocer la esperanza razonable de que él se encuentra en el cielo, la vida de virtud heroica de Sheen ahora pertenece a la posteridad y, de hecho, ¿qué mejor se podría recordar de su vida o de la de cualquier persona?
Sheen es un modelo para quienes luchan por alcanzar la santidad. A través de su práctica de las virtudes teologales y cardinales, que constituyen las características principales de los candidatos a la santidad, la vida de Sheen nos permite vislumbrar cómo podría y debería ser la nuestra.
-- La fe
La fe iluminó la vida de Sheen por encima de todo lo demás. Él sabía que su Redentor vive, y eso moldeó y definió todo lo que lo caracterizaba. "Si no vives lo que crees, terminarás creyendo lo que vives", dijo Sheen en una ocasión.
La fuerza de la fe de Sheen significaba que no podía hacer otra cosa que dedicarse a la misión de dar a conocer a Cristo y hacer que fuera amado. Inicialmente inmerso en el mundo académico, Sheen estudió filosofía y teología. Luchó con las preguntas eternas de la fe y la razón y, como profesor, enseñó claramente su integración.
Como sucesor de los Doce, Sheen poseía una fe marcada por un celo apostólico por las almas. Puso sus numerosos dones al servicio de transmitir la palabra de Dios de maneras innovadoras, atractivas y convincentes, y la profundidad interna de su fe se manifestaba de manera tan magnética que atrajo a millones hacia la verdad.
Hijo fiel de la Santísima Virgen, Sheen siguió con devoción su ejemplo. Se entregó a la providencia de Dios, siguiendo la indicación de María de hacer todo lo que Cristo nos diga.
-- Esperanza
Sheen tenía una gran esperanza y un profundo anhelo por la vida eterna. Confiaba en que Dios tenía el control y en que todos los designios de Dios obraban para el bien. A las multitudes, Sheen les transmitió que la vida realmente vale la pena ser vivida.
En medio de tiempos turbulentos y con una persuasión llena de alegría, Sheen proclamó al mundo que, gracias a la muerte y resurrección de Cristo, sabemos que Dios tiene la última palabra. Sheen les dio a las personas razones para tener esperanza en medio de la oscuridad. En última instancia, quería que los demás desearan la vida eterna tanto como él.
La forma en que Sheen vivía la esperanza también significaba que conocía la importancia y el valor del sufrimiento como participación en la cruz de Cristo. Muy familiarizado con el sufrimiento, Sheen confiaba en que no solo tenía un propósito para el bien, sino que debía ser acogido para nuestra salvación. Una vez dijo: "Al final, descubriremos que a veces, cuando somos muy buenos, el sufrimiento es para hacernos mejores, y tendremos un lugar más elevado en el cielo".
-- Caridad
La caridad es intrínseca a la vida cristiana. San Pablo dijo que es la "más grande" de las virtudes. Como lo expresó el propio Sheen: "No se necesita mucho tiempo para hacer a un santo. Solo se necesita mucho amor".
Sheen dijo una vez que "la mayor historia de amor de todos los tiempos está contenida en una diminuta hostia blanca". Este fue el amor que lo transformó. Su Hora Santa diaria frente a la Eucaristía era legendaria. Desde el día de su ordenación hasta el día de su muerte, Sheen dedicaba una hora al día a orar en presencia del Santísimo Sacramento. Desde el escritorio de su oficina, a través de una puerta abierta, podía contemplar el sagrario en todo momento. Su unión con Cristo le permitió guiar a otros hacia Cristo de manera más plena, más precisa y más convincente en todo lo que decía y hacía. Sheen era un hombre de muchos talentos y logros, pero fue Cristo quien le permitió utilizarlos de la mejor manera.
Fue la caridad la que motivó el celo de Sheen por las almas. Llevar a otros a Cristo era el mayor bien que podía realizar al servicio de ellos, y a menudo esto se manifestaba en forma de autosacrificio. Con un corazón pastoral, Sheen vivía para los demás. Ofrecía consejos sabios con amor paternal. Y se entregaba constantemente. Ni siquiera su tiempo le pertenecía, pues se dedicaba a sus estudios y a la preparación para su ministerio de evangelización, al trabajo en favor de las misiones o en la diócesis que gobernaba.
Donde Sheen veía una necesidad, respondía con caridad. Amaba a su prójimo como a sí mismo. Una vez predicó sobre nuestro juicio: "Muéstrenme sus manos. ¿Tienen alguna cicatriz por haber dado? ¿Una cicatriz por haberse sacrificado por otro? Muéstrenme sus pies. ¿Han andado haciendo el bien? ¿Fueron heridos en el servicio? Muéstrenme su corazón. ¿Han dejado un lugar para el amor divino?".
El amor de Sheen por Cristo también se manifestaba en el amor por los pobres y marginados, a menudo de manera discreta. Asimismo, se dedicó a recaudar fondos para las misiones en el extranjero y donó la gran mayoría de las ganancias de sus libros y de su programa de televisión para ese fin. "Nunca midas tu generosidad por lo que das, sino por lo que te queda", escribió Sheen.
-- Prudencia
Sheen ejercía la prudencia confiando en la providencia de Dios. Esto lo disponía a escuchar la voz de Dios, incluso cuando Dios hablaba a través de otros. Sheen no se apresuraba a juzgar, sino que se tomaba tiempo para discernir en oración. Cuando escuchaba a los demás, ya fueran quienes buscaban consejo o quienes se lo daban a él, Sheen mostraba una doble atención: primero, hacia la persona que tenía frente a él, pero, sobre todo, hacia lo que Dios pudiera estar diciendo en esa situación concreta. Esta no era una tarea fácil para un hombre con las enormes responsabilidades y la fama de Sheen.
Una prudencia sobrenatural se manifestaba en su trato con los demás. Profundamente consciente de cuánto lo admiraban los demás o de cuánto deseaban formar parte de su círculo íntimo, Sheen manejaba esas relaciones con gracia y distinción, empleando a partes iguales cautela y preocupación.
-- Justicia
Sheen actuaba con justicia hacia Dios y hacia los demás. Sin tomarse a sí mismo demasiado en serio, Sheen reconocía que cualquier talento que tuviera se debía a que Dios obraba a través de él. En todo lo que decía y hacía, Sheen recordaba que su obra era del Señor. Conocido por llevar a muchos a la fe, especialmente a través de su ministerio en los medios de comunicación, el Papa Pío XII le preguntó una vez a Sheen cuántos conversos se podían atribuir a su labor. Sheen respondió: "Siempre temo que, si los contara, pudiera pensar que fui yo quien los convirtió, en lugar del Señor".
La predicación y la enseñanza de Sheen también defendían la dignidad de la persona humana. El hecho de que todos fuéramos creados a imagen de Dios no era para Sheen un concepto teológico abstracto, sino una realidad vivida. Sheen abogaba por la justicia social --desde la armonía racial hasta el fin de la guerra y la violencia. Trataba a las personas con igualdad y se ponía a disposición de todos, sin importar su condición. Sheen era accesible tanto para los más poderosos como para los más humildes.
-- Fortaleza
Sheen demostró fortaleza en medio de numerosas dificultades, tanto en su vida privada como pública. Comprometido con una vida de santidad y virtud, se negó a transigir en sus propias convicciones y creencias. Ante las pruebas, Sheen siguió siendo un alegre e incansable heraldo del Evangelio, admirado por mantener la paz del alma.
La felicidad de Sheen residía en saber que Dios siempre saca algo bueno de cualquier situación. Públicamente, la fortaleza de Sheen se manifestaba en su predicación de verdades difíciles. Basta pensar en sus críticas proféticas a la sociedad estadounidense o en sus firmes denuncias del comunismo en el apogeo de su influencia. En medio de sus éxitos y su popularidad, Sheen enfrentó con discreción, pero con valentía, la envidia, el desprecio y el dolor que estos le causaban --especialmente por parte de otros miembros de la jerarquía.
"La verdadera prueba del cristiano, entonces, no es cuánto ama a sus amigos", escribió Sheen una vez, "sino cuánto ama a sus enemigos". Al final de su vida, un Sheen purificado pudo decir: "He sufrido mucho en los 83 años de mi vida: Ha habido sufrimiento físico y otros tipos de sufrimiento que nunca debieron haber ocurrido, pero que se prolongaron durante muchos años. Y, sin embargo, cuando echo la vista atrás, nunca he recibido el castigo que merecía. Dios ha sido indulgente conmigo".
Sheen demostró una heroica dosis de autocontrol, humildad y bondad, que también fueron antídotos contra las tentaciones que se le presentaron a lo largo de su vida, especialmente aquellas relacionadas con sus logros, reconocimientos, posición y fama.
-- Templanza
Sheen permitió que Dios reinara en su corazón. Como hombre de templanza, no se dejaba controlar ni dominar por las pasiones de la voluntad. No se le conocía por un temperamento desmedido ni por humillar a los demás, sino por una serenidad que lograba mediante el autocontrol y la moderación. En sus interacciones con los demás, Sheen solía mostrarse manso, tranquilo y amable.
Sin depender ni apegarse a los bienes terrenales, los hábitos de vida de Sheen se caracterizaban por la sencillez, aunque también apreciaba las cosas más refinadas de la vida. Sin intención de acumular tesoros mundanos, Sheen cultivó un tesoro para la eternidad. Reconocía su propia pecaminosidad y buscaba la reconciliación.
Al final, Sheen sabía, al igual que San Agustín, que solo en Dios podía encontrar descanso su corazón.---Michael R. Heinlein escribe desde Indiana.



















